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Zaragoza   jueves, 24 de agosto de 2017
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Historia del Colegio

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VI

Detalle de las Ordinaciones de 1396


    





     

Ya en estas primeras ordinaciones se contempla e institucionaliza el apoyo del Colegio a los miembros del mismo que por cualquier motivo se hallasen ante algún tipo de dificultad. Con el paso de los años esta función de auxilio pasará a denominarse montepío, y algo más tarde mutualidad, pero en esencia seguirá nutriéndose de un impulso idéntico al que le alimentaba en el siglo XIV, y que podemos significar bajo el concepto de previsión. Bien es cierto que con el transcurrir del tiempo el amparo ofrecido por el Colegio a sus individuos ha ido ampliando sus espacios de cobertura, tal y como lo apreciamos al considerar que en estas primitivas ordinaciones tan solo se contempla la posible ayuda comunitaria en caso de muerte, y más concretamente en el caso de que una severa falta de recursos económicos impidiese el digno entierro de un cofrade.

Capítulo de los que no habrán con qué enterrarse

" Item ordenaron que si algún cofrade finara y no habrá con que enterrarse, que los cofrades de la dicha cofradía sean tenidos hacer la expensa de la defunción y enterrar aquel honradamente según conviene."

El resto de capítulos dedicados al germen de lo que llegará a ser una verdadera política de previsión, se refieren más que a esto a cuestiones de índole puramente formal, como por ejemplo al atavío en que se debía acudir a un entierro, al paño de oro con que debía cubrirse la sepultura de los cofrades, o al establecimiento de un criterio sobre la obligatoriedad de asistir al sepelio de los hijos de los colegiados.

Capítulo de la defunción de hijos de cofrades

" Item establecemos y ordenamos que si algún hijo o hija de cofrade acabe difunto, el padre, y viviendo la madre viuda, según dicho es, que en su caso sean tenidos los cofrades ir a la defunción de aquel o aquella. Y si por ventura el padre y la madre serán difuntos, o la madre de aquel o de aquella habrá contraído matrimonio con hombre que no sea cofrade de la dicha cofradía, que en aquel caso los cofrades no sean tenidos de ir al enterrar de aquel o aquella, si por su propia voluntad ir no se querrían."

Vemos que no se trata en realidad de un tema de auxilio y sí más bien de organización interna o incluso de protocolo, pues no deja de ser curioso que la reglamentación sobre la asistencia al entierro del vástago de un cofrade haga depender su obligatoriedad de que el padre viva o de que la madre no haya contraído matrimonio con otro hombre, a no ser que éste sea también miembro del Colegio. De cualquier modo, y sobrevolando las puntuales peculiaridades, debemos destacar que no existía ayuda en caso de accidente, enfermedad, incapacidad para desempeñar el oficio, etc., con lo que en la práctica el auxilio, al menos en cuanto a lo estrictamente reglamentado en estas ordinaciones, veía sensiblemente limitado su campo de actuación.

En abierta oposición al breve tratamiento dado en las ordinaciones a los temas de carácter mutual, las cuestiones relacionadas con el régimen disciplinario se desarrollan con tal prodigalidad que aproximadamente la mitad de los treinta y siete capítulos conservados hacen referencia a ellas. El control disciplinario se ejercía sobre todas y cada una de las actividades comunes del colectivo, si bien con un especial énfasis en las de carácter litúrgico, las pertenecientes a las reglas de convivencia interna, y las relacionadas con la celebración de capítulos y reuniones del Colegio, tal y como se refleja en el capítulo vigésimo quinto, titulado Ordinación de los que no serán a misa, capítulo y difuntos.

" Item ordenaron que los mayordomos que son o por tiempo serán de la dicha cofradía, o el almosnero de aquella, estimen las faltas de las misas, de los capítulos, y de los difuntos de aquellos cofrades que fallecido habrán. Y si a culpa de los dichos mayordomos o almosnero cosa alguna se perderá, aquello paguen de lo suyo propio los dichos mayordomos y almosnero, y ultra de aquello de pena doce dineros."

En cuanto a los métodos empleados para corregir las infracciones, destacan por su abrumadora presencia las que podríamos definir como sanciones de índole económico, pago de penas en feliz expresión del texto, quedando sólo para casos muy extremos la posibilidad de expulsión. No conocemos sin embargo el rigor con que se aplicaban estos castigos, pero sí puede colegirse que por menguado que este rigor fuera, al ser tan elevado el número de causas sancionables, su recaudación forzosamente debía suponer para las arcas del Colegio una considerable inyección económica.

Como ya hemos señalado, tres eran los grupos de actividades sobre los que en caso de castigo las sanciones recaían con mayor firmeza. En primer lugar las relacionadas con la práctica religiosa, caso de la no asistencia a misas y entierros. Así, y a manera de ejemplo, decir que la inasistencia a misa se penaba entre dos y seis dineros, según se faltase a la lectura del Evangelio o a toda la ceremonia.

"... cofradía sea tenido de venir al dicho monasterio al oficio y misa cantada que allí se dirá, y aquel día sea la ofrenda del dicho orden, y aquel cofrade que no sea venido cuando se dirá el Evangelio pague de pena dos dineros, y si a toda la misa será falto, pague de pena seis dineros, empero que sean llamados todos los cofrades a la dicha fiesta por el nuncio de la dicha cofradía."

También estaba castigada económicamente la no presencia en los entierros de un cofrade, de su mujer o de sus hijos, siempre que aquella, en su caso, fuese viuda y casta, y éstos fuesen hijos legítimos y permaneciesen solteros y bajo la potestad del padre o de la madre.

Capítulo de los que no van a enterrar al cofrade, su mujer, e hijos

" Item ordenaron que si algún cofrade, o mujer, o hijos, o hijas legítimos de cofrade de la dicha cofradía moría, siendo empero el hijo o hija * bajo la potestad del padre o madre, no casado ni casada, o siendo * potestad de la mujer del cofrade siendo viuda y casta, que todos los cofrades sean tenidos ir y vayan a la puerta del difunto y al entierro de aquel o de aquella, y a las gracias. Y el cofrade que no * irá sabiéndolo, que pague de pena por el padre o por la madre seis dineros, y por los hijos tres dineros, si justa excusación o licencia de los mayordomos no habrá."

Siguen a estas cuestiones las vinculadas con la normativa de régimen interno, como por ejemplo la forma de sentarse a la mesa y el orden que en ella debía ocuparse, tal y como se recoge en los capítulos vigésimo tercero y vigésimo sexto, o el castigo a los insultos proferidos entre los cofrades.

Capítulo de injurias y de deshonestidades

" Item ordenaron que si algún cofrade siendo en capítulo, o en misa, o en tabla el día del convivió, dirá contra otro cofrade palabras de saña o deshonestas, o injuriosas, que pague de pena cinco sueldos."

Con especial contundencia inciden las ordinaciones del 1396 en el castigo por un mal comportamiento durante la celebración de los capítulos del Colegio, caso del capítulo sexto, que pena con doce dineros al cofrade que intervenga sin haber sido autorizado a ello por los mayordomos. Otro tanto ocurre con la inasistencia sin causa que lo justificase, castigada con dos dineros, que aumentaban a doce si se trataba del capítulo general, celebrado una vez al año y en el que se procedía a la renovación de cargos, según reza al capítulo quinto.

Y así se podría continuar ofreciendo un auténtico rosario de ejemplos de las sanciones de carácter económico con que se castigaban las faltas cometidas por los colegiados. A lo cual hay que añadir que la efectiva satisfacción de las penas merecía su propio capítulo.

Capítulo de las penas

" Item ordenaron que las penas que acaecieran sean lenadas según en cada ordinación son marcadas, y aquellas pagadas sin remedio alguno."

Un paso más en la progresión del castigo nos conduce a la expulsión del individuo sancionado, tal y como podía suceder en caso de resistencia a la autoridad de los mayordomos o de inobservancia de las presentes ordinaciones. Resulta obvio que se trata de causas graves que significaban de hecho, y cada una en su caso, el debilitamiento del ejercicio de la autoridad por parte de los mayordomos, y la puesta en tela de juicio del fundamento mismo del Colegio al cuestionarse la validez de su máximo texto normativo. Sobre lo primero nos ilustra el capítulo vigésimo segundo, titulado Capítulo de resistencias.

" Item ordenaron que si los mayordomos que son o por tiempo serán de la dicha cofradía, siendo en capítulo (o en otra manera y parte), mandaran prendar o prendaran a cualquier cofrade de la dicha cofradía, y el dicho cofrade no querrá dar la prenda, antes se opondrá, tal como aquel sea a merced de capítulo, y si no querrá ser a merced y corrección de capítulo, que sea echado de la cofradía y su nombre sea raído del libro, y de allí en adelante no sea habido por cofrade hasta que pague lo que deba al dicho día. Y si el dicho cofrade reconociera su error y querrá tornar a la dicha cofradía, pague de nuevo su entrada, así como cualquier otro cofrade. Empero sea en manos de los cofrades si aquel recibir querrán en la dicha cofradía o no."

Se observa que para que llegase a producirse la expulsión del infractor era necesaria no sólo la desobediencia directa a los mayordomos, sino la negativa a aceptar la sanción correctiva que el capítulo le hubiese impuesto, quedando en todo caso abierta la posibilidad de readmisión, siempre que se hubiese satisfecho la pena que motivó la expulsión y que se pagase de nuevo la cuantía determinada para el ingreso al Colegio, aunque a expensas de que éste pudiese vetar su vuelta. Similar procedimiento se dispone para aquellos que no observasen las ordinaciones, quedando siempre la readmisión a merced del capítulo.

Capítulo de quien no querrá observar las ordinaciones

" Item ordenaron que todos los cofrades de la dicha cofradía sean tenidos observar y cumplir todas y cada unas cosas en las dichas ordinaciones contenidas, y aquel que el contrario hará, sea quitado de la cofradía y de allí en adelante no sea tenido por cofrade. Empero que ante todas cosas, tal como aquel sea tenido pagar y pague todo aquello que deba a la dicha cofradía, y si tornar ahí querrá, pague de nuevo su entrada o sea a merced del capítulo."

Para concluir este apartado dedicado a las primeras ordinaciones del Colegio de Procuradores de Zaragoza, podemos extraer a modo de resumen las siguientes ideas básicas. El temprano año de su fundación, 1396, le permite alcanzar el honor de ser el decano de los colegios de procuradores de España, además de ser el primero en dotarse de unas ordenanzas que regulasen su buen gobierno. Su nacimiento como colegio va unido de manera inseparable a su condición de cofradía religiosa, y el aliento de la religión impregnará sus ordenanzas, por lo que su vinculación con las prácticas y el ceremonial litúrgico es fácilmente detectable. Considerado en su conjunto, el texto de las ordinaciones nos ofrece la impresión de estar frente a una asociación dotada de unos criterios de comportamiento altamente reglamentados y con un fuerte matiz ordenancista y disciplinario, como lo demuestra el hecho de que un elevado porcentaje de su articulado se halle dedicado al establecimiento de un sistema de carácter punitivo basado en sanciones de índole económica. Es también interesante observar como se excluye del texto cualquier tipo de cuestión relacionada con el ejercicio de la procuraduría como profesión, o algún dato que nos permitiera establecer un sistema de relaciones entre ésta y el resto de órganos del aparato judicial. No obstante todo lo anterior, no debemos caer en la falsa ilusión de negar la existencia de un claro vínculo entre el texto medieval y, pongamos por ejemplo, los estatutos que actualmente se hallan en vigor. Las líneas básicas que sustentan el armazón del Colegio, esto es, su organización y gobierno, la definición de los cargos directivos y de sus atribuciones, el ingreso de colegiados, y el régimen disciplinario existente, se plasman ya, con mayor o menor intensidad, en las ordinaciones del 1396. El devenir histórico no ha hecho sino perfilar, modular, adecuar en su caso, el texto primigenio, despojándolo, eso sí, de su profunda significación religiosa.


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